Intrusión imperialista en Siria

September 9, 2013

Los defensores de la "intervención humanitaria" lideran la campaña para atacar a Siria.

UNA INTERVENCIÓN humanitaria podrá ser la justificación pública de la administración Obama para construir su caso para atacar Siria, pero hay un propósito más cínico detrás de esta fachada.

Escribiendo para la edición del 24 de agosto del New York Times, Edward Luttwack, un estratega militar con una larga carrera en el establecimiento de la política exterior gringa, argumentó que un "prolongado estancamiento es el único resultado no perjudicial para los intereses estadounidenses".

Traducción: Cuanto más tiempo se extienda la sangrienta guerra civil en Siria entre el régimen dictatorial de Bashar al-Assad y las fuerzas rebeldes, matándose los unos a los otros, mejor para Washington.

"El mantenimiento de un punto muerto debe ser el objetivo de EE. UU.", escribió Luttwack. "Y el único método posible para lograr esto es armar a los rebeldes cuando parece que las fuerzas de Assad avanzan y dejar de suministrar a los rebeldes, si parecieran estar ganando. Esta estrategia de hecho se asemeja a la política de la administración Obama por el momento".

A U.S. aircraft carrier and guided missile destroyer

Hay que recordar esto la próxima vez que escuchemos a Barack Obama, o cualquier otro, alegando que, por el bien del pueblo sirio, EE.UU. debe castigar al régimen Assad por usar armas químicas. Las razones humanitarias son un barniz que cubre la estrategia que Luttwack correctamente caracterizó como la prolongación del conflicto militar, con un inevitable costo en pérdida de muchas más vidas.

Durante la guerra de Vietnam, un oficial estadounidense declaró: "Tuvimos que destruir la aldea para salvarla". Hoy, los términos se invierten: EE.UU. espera "salvar" Siria impidiendo a Assad aplastar a sus oponentes, para destruir Siria con una prolongada guerra civil en que ningún lado pueda ganar.

Ya debiera estar claro que el ataque militar por el que Obama y sus secuaces están presionando no es para salvar vidas civiles. Si así fuera, EE.UU. no habría esperado a que más de cien mil personas hayan muerto desde el inicio del levantamiento, hace más de dos años, en los albores de la Primavera Árabe.

Y las comparaciones de Assad a Hitler por el Secretario de Estado John Kerry apestan a hipocresía. No hace mucho, Kerry alababa a Bashar al-Assad cuando, al asumir el cargo de su padre en el año 2000, éste impuso amplias reformas neoliberales de mercado, alentando las esperanzas de Washington de meter a Siria en su establo de dictaduras aliadas en la región. Como presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, Kerry tomó un interés especial en promover esta relación, de lo cual han quedado las fotos en que Kerry y Assad son vistos brindando juntos sobre una cena de lujo.

Ahora, EE.UU. insiste en que Assad debe irse, pero sin haber encontrado un reemplazo confiable en la oposición, que mantenga el brazo represivo del Estado sirio intacto, su objetivo es prolongar la guerra.

Estados Unidos tiene una aguja difícil de ahilar en su ataque contra Siria. Por un lado, debe preservar su "credibilidad" --Obama declaró hace más de un año que el uso de armas químicas desencadenaría una acción militar. Por otro lado, Washington quiere continuar con su política de bloquear el éxito del levantamiento popular sirio contra el régimen Assad.

Quienes nos oponemos a la guerra y al imperialismo debemos mantenernos firmes contra la campaña para atacar a Siria --porque es una proyección del poder imperial, no una "intervención humanitaria", pero también debemos apoyar la revolución popular en curso en Siria contra una dictadura que se hace pasar por "anti-imperialista", a pesar de haber torturado por EE.UU. y de ser "innovadora" neoliberal.


SELECCIONANDO A Susan Rice como Asesor de Seguridad Nacional y Samantha Power como embajadora ante las Naciones Unidas, Barack Obama tiene ahora en su equipo de política exterior a algunos de los principales defensores de la doctrina de la "intervención humanitaria".

Su declarada idea es que EE.UU. debería utilizar su poder militar agresivamente en defensa de los derechos humanos. Predeciblemente, sin embargo, los violadores de los derechos humanos que son objeto de una "intervención humanitaria" son los enemigos oficiales de la política exterior de EE.UU., mientras que los crímenes de guerra y otras violaciones del derecho internacional cometidas por los aliados de EE.UU. --ni hablar de aquellos cometidos por EE.UU. mismo--son ignorados.

Así por ejemplo, Rice fue partidaria de la guerra de George W. Bush contra Irak, arquitecta del asalto a Libia en 2011, e incansable defensora de los ataques militares de Israel contra los palestinos, incluyendo el despiadado bombardeo de Gaza durante la Operación Columna de Nube el año pasado.

El su libro ganador del Premio Pulitzer, Un Problema Infernal: América y la Era del Genocidio, Samantha Power argumenta por usar decisiva intervención militar contra al genocidio. Sin embargo, ella ni siquiera menciona la luz verde que EE.UU. dio a Indonesia para el genocidio en Timor Oriental a partir de 1975 o el las sanciones que costaron la vida a más de 500.000 niños iraquíes en los años entre las dos Guerras del Golfo, ambas lideradas por Estados Unidos.

La mera idea de que EE.UU. pueda pasar juicio a la brutalidad de otras naciones es absurda, sobre todo en el Medio Oriente, donde ha causado la muerte de mucho más gente que cualquier otro país en el último decenio. El gobierno yanqui mismo ha usado repetidamente armas químicas en la región, como las bombas de uranio empobrecido que han contaminado Irak con desechos radiactivos, provocando defectos congénitos generalizados, y el fósforo blanco usado en el asalto contra Faluya, Irak, en 2004.

Al final, las sonadas nobles intenciones para la "intervención humanitaria" no son más que una nueva iluminada razón para el uso de la fuerza militar en pos de los intereses imperiales estadounidenses. Además, esta retórica ha resultado útil para convencer a los liberales de la necesidad de una intrusión imperialista, luego de que cayera en desgracia durante los años de Bush.

En realidad, la continuidad entre la infame Doctrina Bush y el imperialismo à la Obama es pasmosa.

La Casa Blanca demócrata ha copiado el enfoque de la administración Bush ante las Naciones Unidas, argumentando que, si bien prefiere la aprobación de las Naciones Unidas, se guarda el derecho de actuar unilateralmente. Del mismo modo, Obama ha dicho que buscará la aprobación del Congreso para atacar Siria, pero tal aprobación no es necesaria. (Como abogado constitucional, Obama debe saber que esto es un flagrante desafío a la Constitución, pero tiene la práctica de los anteriores presidentes gringos de su lado --la última vez que el Congreso oficialmente declaró la guerra fue en 1941).

El gambito de Obama --pedir al Congreso sancionar un ataque militar--parece estar dando frutos: la semana pasada, el Comité de Relaciones Exteriores del Senado votó 10-7 a favor de autorizar a Obama para llevar a cabo tal ataque.


SI WASHINGTON sigue adelante con su plan, será con la oposición de la mayoría de los estadounidenses. Seis de cada 10 personas se oponen a un ataque con misiles contra Siria, de acuerdo con un sondeo de Washington Post-ABC News --un brusco cambio con respecto a algunos meses atrás, cuando casi dos tercios de la población apoyaba una acción militar.

Este sentimiento es especialmente sorprendente teniendo en cuenta que destacados dirigentes de ambos partidos han apoyado el ataque. Los senadores republicanos John McCain y Lindsey Graham están sonando las trompetas de la guerra, y han sido acompañados por el presidente de la Cámara Baja John Boehner; mientras, los líderes demócratas, como Nancy Pelosi en la Cámara Baja y Harry Reid en el Senado construyen el caso por el ataque en su lado del Congreso.

Hay una amplia oposición en el pueblo norteamericano para atacar a Siria por una variedad de razones, entre otras, porque la administración Obama planea esta nueva aventura imperialista, al mismo tiempo que el Congreso corta $1,5 billones en 10 años de programas sociales, tales como Head Start.

Lamentablemente, algunas fuerzas del movimiento anti-bélico arriesgan socavar esta oposición con su declarado apoyo al régimen de Assad, no sólo contra el imperialismo occidental, sino también contra el levantamiento popular. Estos activistas celebran al partido Baath de Assad por "oponerse a EE.UU.", y han tratado de silenciar a los partidarios de la revolución en el movimiento anti-guerra, afirmando que están ayudando al imperialismo.

Considerando el largo historial de barbarie y opresión contra el pueblo sirio por parte del régimen Assad, esta actitud es obscena e indignante. Después de todo, la acogedora relación que hasta no hace mucho Assad tuvo con el imperialismo yanqui fue simbolizada no sólo por sus cenas con John Kerry. Durante los años de Bush, Siria fue torturador de los "sospechosos" entregados por EE.UU.

Los revolucionarios sirios han repetidamente pedido, a quienes los apoyan, mostrar solidaridad con sus llamados a la dignidad y la justicia. Con tantas potencias extranjeras maniobrando por influencia --al lado del gobierno, Rusia e Irán, o al lado de la oposición, EE.UU., Arabia Saudita, Turquía y Qatar--esos llamados se han hecho cada vez más difícil de escuchar, mientras las armas son canalizadas a las fuerzas militares de preferencia, con el riesgo de aumentar la violencia sectaria.

Pero esto no es, en absoluto, excusa para tomar partido por una dictadura que ha asesinado a decenas de miles de sirios antes de que el levantamiento comenzara.

Algunos se preguntan si el régimen Assad fue responsable del ataque con armas químicas que mató más de mil personas, muchas de ellas mujeres y niños, en la región Ghouda, y que provocó la última ronda de llamados por una intervención humanitaria. Estados Unidos no ha producido evidencia de esto, pero nadie concernido con la paz y la justicia puede dudar que este régimen --que ya ha bombardeado barrios enteros, campus universitarios y hospitales--sea incapaz de una masacre tan horrible. El régimen Assad es el principal responsable del costo en vidas, muchas veces mayor, durante esta guerra civil.

Aquellos en el movimiento contra la guerra que apoyan a Assad están ayudando a EE.UU. en uno de sus principales objetivos en Siria: impedir que la revolución derroque al régimen Assad y el establecimiento de un nuevo gobierno comprometido con la justicia para todo el pueblo sirio.

La campaña estadounidense para atacar a Siria no tiene nada que ver con razones humanitarias, sino con lo que mejor sirve a los intereses estadounidenses en el conflicto. En cuanto al pueblo sirio, un ataque de EE.UU. haría su situación peor, al matar civiles, al aumentar la crisis de refugiados, y al dar a Assad y su régimen el pretexto para plantearse como opositores al imperialismo y defensores de Siria, intensificando su campaña para aplastar a las fuerzas populares opuestas al régimen y a Estados Unidos.

Por eso nos oponemos a un ataque estadounidense contra Siria, y apoyamos la victoria de las revoluciones árabes, desde El Cairo a Túnez, de Saná a Damasco.

Traducido por Orlando Sepúlveda

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